Junio llegó apacible
Junio llegó apacible. El frío no ha sido del todo intenso. Luego de pasar unos de los inviernos más helados sin gas y, por consiguiente, sin agua caliente, desarrollé una mejor tolerancia a las incomodidades y las bajas temperaturas. Al menos, eso creo.
Mientras tanto, copié el ejercicio de las margaritas y del mismo modo puse en palabras y en voz alta las memorias que seguían regresando, esas que a veces tienen forma de culpa y no quieren darte paz. Esas que vuelven apenas notan que te estas sintiendo algo diferente, mejor diferente. Regresan para recordarte que perteneces dentro del aljibe abandonado. Por cierto, esos regresos se equivocan.
Encontré sólo tres y las escribí en un papel, una debajo de la otra, dibuje una flecha a cada lado e idee una alternativa para cada una. Me prometí que cada vez que una de ellas regresara, pensaría en la alternativa.
Hace un tiempo tomé prestada la reunión de estas palabras: “hacer bello todo lo que me rodea” y lo convertí en mi mantra, lo hice post it y lo coloqué en el espejo. Sin importar de qué vaya el día, cuando cruzamos miradas repaso e intento repetir. No es obligado ni forzado, es tan sólo una idea que me permite respirar profundo, y respiro.
Hace un tiempo también, llegó a mis manos un pequeño anillo grabado con la palabra “believe”. Lo coloque en mi dedo índice y no me lo he vuelto a quitar. Vino de una persona a quien quiero mucho, no nos hemos visto en varios años, aunque vivimos en la misma ciudad y en barrios cercanos; recuerdo cada tanto y sonrío porque sé que le quiero.
Qué amor extraño este, y, aun así, cuán sincero.
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Una tarde cualquiera, caminamos por la costa desde Playa Grande hasta el Torreón del Monje y el Casino. En la feria nos cruzamos con una colega que hace tiempo no veía, por unos minutos reímos y hablamos de la época de ballenas por la zona mientras intentábamos ver alguna. Nos despedimos y seguimos caminando.
Fuimos a merendar a una casa antigua restaurada con cafetería, galería de arte, bodega y jardines. Descubrí el omelette de hongos y una nueva forma de hacer huevo poche. Vimos pasar una cola, pudo ser un gato, un perro, un mapache o un conejo, quedamos en que fue un conejo.
Intercambiamos tarjetas hechas a mano en el día de la amiga y buscamos juntas guantes a tono para regalarnos.
Durante una jornada de domingo recorrimos la casa abandonada, sacamos fotografías, degustamos café y me reencontré con una de esas planchas de hierro a carbón, sí, como las que usábamos en el campo. Había alguien más ahí y le conté de este recuerdo, sólo porque sí.
Por primera vez brindé un taller de tintas naturales en un nuevo espacio y participamos de una feria de ilustradores en Miramar.
En un día frío y ventoso visitamos el Museo del Mar, días después llevamos flores a la inauguración del Jardín de los presentes.
Varios de esos días conversamos largo y tendido mientras caminamos lento, ida y vuelta, vuelta e ida por el puerto de la ciudad.





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