Sin perder la ternura




Durante gran parte de mi vida he conservado una inamovible compostura con cierto pánico a ser incorrecta. No me preguntes según qué o quién, no lo sé o tal vez, algo sé. Sí, ya hice terapia con este tema y si bien pude desenredar y distinguir las raíces de las cosas, ha sido con el pasar del tiempo y permitiéndole atravesarme el cuerpo lo que me ha permitido también comprender. 

Y luego, sin ningún aviso, sin una lista de nuevas pautas o creencias, mi cuerpo sólo comenzó a comportarse distinto. De repente, las voces ajenas se alejaron y mi voz me fue la única necesaria. Imagino que de algo de eso debe tratarse la autenticidad, como ese hogar que, con todos sus baches, sus grietas, goteras y serios problemas de humedad no quita abrazar que sea acogedor, cálido y armonioso.

A la distancia pude ver cuánto de mí había vivido con mucho cuidado, complaciente, temeroso, aceptando, callando, ocultando y, sin embargo, nada de eso había evitado que las cosas se rompan, se pierdan, se vayan. Que haya que comenzar de nuevo una y otra vez, que una y mil veces no funcione y aun así lo siga intentando, que arda y tener que seguir andando; y, aun así, seguir intentándolo.

A partir de allí, he protegido mi tiempo y mi manera de llevar la vida como una gigante celosa. Mi cuerpo ha creado avisos y puesto señales en el camino. Mi mirada se ha endurecido sin perder la ternura (procuro con énfasis no perder la ternura). Resulta que, ha despertado en mí un enojo quieto, aunque persistente. Un enojo en donde me encuentro frecuentemente diciéndome en voz alta: “ya no tengo paciencia para esto”

•••

La realidad es que sigo siendo un ser muy paciente. Mi enojo es un enojo tardío, que se destapa de verme en retrospectiva.

He tenido que serenarme, tomar distancia, observarme lento y con amabilidad.

He identificado cuando salta esa puntada de alerta en el pecho; aún me impresiona que algo no físico genere una reacción física, literal, palpable, incluso visible en el cuerpo. Hace bastante tiempo que ya no siento eso y me alegra realmente. La diferencia es que esa puntada ha dejado de ser una orden y se ha convertido en un aviso gentil.

Después de todo, así como encontré descanso en rendirme ante lo inesperado, también encontré fortaleza en saberme mi propia raíz. Fue un alivio quitarme esa otra mochila y creo que a eso se le llama autonomía.




Gracias por pasar, al sombrero creativo y a mí nos alegra tu visita.

Abrazo inmenso y te espero en la siguiente historia.








Comentarios