Desde mi ventana
A la derecha de esta ventana está mi estudio. He estado pensando en cómo darle un cierre simbólico a este espacio de tiempo, más allá de que vaya a quedarse por siempre conmigo. Si escribir sobre los retratos inusuales que surgieron en el camino, si abrir mi cuaderno y desglosar los garabatos que simulan bocetos, si describir el enojo repentino que surgió un día y se instaló en mi durante una temporada. O si continuar con las maneras que encuentro de traer poesía y música de piano a mis días.
Creo que esta última es la sensación que quiero dejarme. Que quiero dejarnos.
Casualmente, en el momento en que me siento a continuar esta última carta antes del poema que sigue, muchos meses después, me encuentro sentada en ese escritorio al lado de esa ventana, con la luz de una lámpara cálida, una vela encendida con aroma a verbena, un café a medio terminar y música de piano en el ambiente.
Me tomo unos segundos para observar lentamente esa casualidad y sonrío de mi coherencia. De esta hermosa coincidencia.
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Mis últimas ilustraciones son como los puntos suspensivos de aquellas del dos mil dieciséis que recorrieron invisibles todas estas horas para volver a ser. Han pasado diez años y un año para volver a ellas, aunque son ellas las que regresaron a mí, esta vez en forma de abrigo.
De algún modo descubrí que el dolor convertido en enojo me ha venido de resistirme a que las cosas que no quiero que cambien lo hagan sin mi permiso. Que venga de golpe y haya que convertirse en instantes en alguien más, alguien más fuerte, más débil, más sereno, más esto, menos lo otro, volverte diferente, paciente, distante, silencioso. He descubierto también que aparece un descanso en el acto de rendirme y no es aceptar, no es resignarse, es menear la cabeza, sacar el pañuelo blanco y decirle a eso que llegó a sacudirlo todo: "ya está, estás acá, me rindo, sé lo que tengas que ser, hazme sentir lo que tenga que sentir, iré más lento, pero no voy a detenerme"
He tomado distancia.
He visto que no todas las cosas son sencillamente obra del tiempo, a veces queda la tarea en nuestras propias manos. Me corresponde entonces, ser como una estudiante de mi misma, una observadora consciente; porque sucede que, a veces, extrañamente, necesitamos volver a enseñarnos, enseñarnos a sentir diferente.
Es una tarea compleja, sí. Dolorosa, también. Hay una inmensa belleza en ello, totalmente. El hecho es que, no importa la forma ni el tamaño de la batalla, una lucha es una lucha, hay herida, hay sangre, hay perdida de fe y esperanzas, hay vientos huracanados, todo eso. Aun así, hay también una vela interna con una pequeña llama encendida que sube y baja, que serpentea y que no hay ráfaga que apague.
Nota al pie: dibuja esa vela.
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Gracias por pasar, al sombrero creativo y a mí nos alegra tu visita.
Abrazo inmenso y te espero en la siguiente historia.

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